Un paseo por los olivares de Liguria

Mi estancia en Italia fue inolvidable. Fui allí en busca de las raíces familiares que poseo y eso le confirió a mi viaje una sensación única. Allí me encontraba yo, entre los Alpes Ligures y el Golfo de Génova, en el Mediterráneo, en la ciudad de Quiliano, rodeado el inmenso afecto del pueblo italiano.
Una pequeña parte de mis antepasados vive allí y poseen una pequeña finca dedicada al cultivo de Olivares, y siendo Italia es uno de los principales exportadores del mundo del aceite derivado de estos, la zona de Liguria es la más apta para ese género, así que había plantaciones por todo el lugar.
La brisa que baja de los Alpes al mar proporciona un aire fresco impregnado del exquisito aroma de los olivos todo el tiempo, por lo que, como nunca lo había experimentado de manera tan asidua me provocó una sensación muy agradable a los sentidos.
Cada mañana, sin falta acompañaba a mis familiares al campo para ayudar con las tareas y experimentar la convivencia. Mi llegada a Quiliano coincidió con la época de recolección de las aceitunas y mi familia realizaba esta de manera artesanal, como se hacía hace siglos.
Lo más interesante es que no una, sino todas las familias del lugar acuden al mismo tiempo a los campos cada mañana, fortaleciéndose la relación de la comunidad toda que se une en una causa común.
El sol bañaba los campos todo el día pero no hacía calor ya que corría una fresca brisa de manera permanente desde la montaña, esto hacía que el trabajo fuera muy llevadero. Canasta en mano, muy temprano pero eso si, después de un generoso desayuno y muchas risas y bromas, partíamos al campo a recolectar el fruto del olivo.
Entre los olivares, recolectando y riendo, reencontrándome con mi herencia, no negaré que dudé más de una vez al momento de decir adiós.


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