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Julio 2, 2008

Un día de paseo por Jaca

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Panorámica de Jaca y sus viviendas

Ayer me levanté a las seis de la mañana, apronté una mochila con una botella de dos litros de agua, cuatro bocatas, dos bananas, cámara fotográfica, un par de planos y mi libretita de notas y anécdotas (compañera inseparable en este viaje) y emprendí camino hacia la estación de trenes para tomarme un tren hacia Jaca.

Jaca es una de las más importantes ciudades de la comunidad aragonesa, y además uno de los tantos lugares que son atravesados por el famoso y emblemático Camino de Santiago, y debo decirles que, espiritualidad y subjetividad aparte, estando en Jaca a uno le dan ganas de volverse devoto al Cristianismo.

Al llegar a la ciudad lo primero que hice fue conocer el casco histórico. Bien, es justo hacer notar que el casco viejo de Jaca no tiene mucho para aportar a lo que ya he visto. Callejuelas y casitas convencionales que no resaltan mucho, aunque también hay que decir que hay algunas joyitas dentro del casco que de veras valen la pena.

dsc04254.JPGUna de ellas, por supuesto, es la Catedral de Jaca. Se trata de un edificio de arquitectura románica que tiene las marcas del tiempo impregnadas en sus paredes y esculturas, y que, como buena catedral española, sigue utilizándose para las ceremonias correspondientes. También está bastante bien la llamada Torre del Reloj, aunque los atractivos principales de Jaca no son precisamente estos dos.

Caminando un poquito hacia el lado francés, saliendo del casco histórico, se encuentra el fuerte mejor conservado de toda Europa: la Ciudadela de Jaca. Conocido como el Castillo de San Pedro, la Ciudadela es una edificación impresionante en la que la arquitectura militar encuentra una obra que le hace todos los honores.

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Vista lateral de la entrada a la Ciudadela de Jaca

Me pagué una interesantísima y muy instructiva visita guiada a la Ciudadela (que costaba 10 euros, pero con mi carné de estudiante me costó 8), que verdaderamente me metió en su cotidianeidad de hace siglos, y es más, tuve la oportunidad de tener en mis manos un rifle de la época.

La visita por la Ciudadela finaliza con una visita al Museo de Miniaturas Militares ubicado dentro de ella. Aquí podemos apreciar maquetas de ejércitos en plena acción que van desde los ejércitos egipcios hasta las misiones de paz del ejército español. Una joyita para amantes de la estrategia militar.

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Habiendo conocido todos estos lugares, decidí almorzar. Estaba exhausto y con mucha sed. Lo hice en el camino verde principal de Jaca, con vista a los cerritos que se levantan frente a la ciudad y al famoso Puente de San Miguel. Les aseguro que tomarse una cerveza (me compré una latita de camino) con esa vista no tiene precio, una de las cosas que no se pagan con Master Card (¿?).

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Con esa imagen frente a mí me convencí de que perderme semejante paisaje de cerca sería un crimen imperdonable, por lo que tras haber almorzado dejé Jaca y emprendí camino hacia este hermosísimo lugar. Vaya si habrá valido la pena.

El Puente de San Miguel es muy bonito, y más visto desde la perspectiva de uno de los dos cerros que subí (porque en el medio de semejante paisaje a uno lo toma por sorpresa un instinto aventurero incontrolable). Pero allí recién comenzaba mi recorrido por el paisaje agreste que circunda a Jaca.

Seguí mi camino hacia el otro puente que cruza el río Aragón, pero me topé allí con un cartel que señalaba una iglesia del siglo XI. La iglesia es la que pueden ver en la foto de abajo. Sí, no parece gran cosa, pero con todo lo que tuve que caminar en subida para acceder a ella les juro que al verla poco menos que me arrodillo ante ella.

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Tras haber hecho semejante travesía y en un estado casi que espectral, caminé por un tramo del Camino de Santiago. Allí pude ver a algunos peregrinos a quienes saludé con admiración, y llegué hasta la Ermita de San Cristóbal, una construcción antiquísima que ahora es propiedad privada, pero que no por ello me privé de tomarle algunas fotografías.

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Un poste con el simbolo del Camino de Santiago

El resto de mi camino fue la vuelta hacia la estación de trenes que me trajo de vuelta a Zaragoza, y no tiene muchas anécdotas rescatables salvo el haber visto la babosa más grande de mi vida (¡¡¡20 centímetros!!!). Pero a pesar del sudor, el dolor de piernas y la sed, les aseguro que en paseos como este, absolutamente todo vale la pena.

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